El año 2026 marca el octingentésimo aniversario del Tránsito: el paso de nuestro Padre San Francisco de Asís de este mundo a la gloria del cielo. Este centenario es el broche de oro de un camino de cuatro años en el que hemos recordado los últimos pasos del "Pobrecito" de Asís: desde la Navidad en Greccio y las Llagas en el Alverna, hasta su Cántico de las Criaturas.
Rezar el Vía Crucis en este Año Jubilar es entrar en la "espiritualidad de la conformación". Es reconocer que San Francisco es el Alter Christus (Otro Cristo), un hombre que se hizo uno con Jesús y cuya vida fue un reflejo vivo de su Pasión.
El Vía Crucis es un regalo de los franciscanos para toda la Iglesia. En el siglo XIV, los frailes se quedaron a cuidar la Tierra Santa y, como la gente no podía ir hasta allá, trajeron la Vía Dolorosa a nuestros pueblos y barrios a través de estas catorce estaciones. Para nosotros, la Cruz no es solo dolor; es ver la humildad de Dios que se hace hombre y el amor de la Pasión que nos salva. No venimos a ver el camino de lejos, sino a caminar con Jesús, buscando que el fuego de su amor nos transforme el corazón.
Al empezar esta peregrinación, miremos a San Francisco en sus últimos momentos en la Porciúncula. Pidió que lo pusieran desnudito en el suelo, abrazando a la "Hermana Muerte" con un canto en los labios. Le pedimos al "Pobrecillo" que guíe nuestros pasos, para que nuestras amarguras se vuelvan "dulzura de alma y cuerpo" al encontrarnos con el Señor Crucificado en nuestros hermanos pobres, en los que sufren y en las heridas de nuestra propia vida.
(Frente a la Cruz de San Damián)
"Sumo y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento".
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Pilato les dijo: "¿Qué voy a hacer, entonces, con Jesús, llamado el Mesías?". Todos contestaron: "¡Que lo crucifiquen!". Pilato se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Allá ustedes". Y les entregó a Jesús para que fuera crucificado.
Mira, hermano, a Jesús frente a Pilato. El Rey del Universo guarda silencio ante un juez de la tierra. Pero piensa también en nuestro Padre San Francisco cuando estuvo frente al obispo de Asís y su padre, Pedro de Bernardone. El mundo lo sentenció como "loco" porque ya no quería las riquezas, sino a Cristo.
Francisco no se defendió con palabras amargas. Él mismo se "sentenció" a morir al mundo, se quitó hasta la ropa y dijo con toda el alma: "Desde ahora no diré 'Padre Pedro de Bernardone', sino 'Padre nuestro que estás en los cielos'". Así como Jesús aceptó la sentencia de muerte por amor a nosotros, el Pobrecito aceptó ser nada ante los hombres para serlo todo ante Dios.
Señor Jesús, muchas veces nosotros nos "lavamos las manos" ante el dolor de los demás o nos convertimos en jueces de nuestros hermanos. Por la intercesión de San Francisco, danos la valentía de aceptar las sentencias injustas con humildad y el valor de "despojarnos" de nuestras soberbias y egoísmos, para que solo Tú seas nuestro Padre y nuestro tesoro.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Jesús salió cargando su propia cruz hacia el lugar llamado de la Calavera (que en hebreo se dice Gólgota). Allí lo crucificaron.
Jesús no recibe la cruz con miedo, sino con la entrega de quien sabe que por ese madero nos va a salvar. San Francisco, al escuchar el Evangelio, no buscó una vida cómoda. Él eligió un sayal pobre, de tela corriente y color de tierra, y le dio forma de cruz. Se "revistió de Cristo" literalmente.
Para el Pobrecito, cargar la cruz no era un castigo, sino un privilegio. Decía que la gloria de un cristiano es cargar con las flaquezas y las cruces de cada día por amor al Señor. A veces nosotros vemos nuestras responsabilidades, nuestras enfermedades o nuestra pobreza como una carga pesada; Francisco nos enseña a abrazar nuestra realidad con alegría, porque en cada cruz que aceptamos con amor, está Jesús cargándola con nosotros.
Señor de la Misericordia, que al recibir la Cruz nos diste el ejemplo de la obediencia perfecta. Te pedimos que, como San Francisco, no le tengamos miedo a las dificultades de la vida. Ayúdanos a cargar con nuestras "cruces" de cada día —el trabajo pesado, las penas de la familia, el cansancio— sin quejarnos, sabiendo que tú caminas a nuestro lado por las calles de nuestro México, dándonos fuerza y esperanza.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestras dolencias. Fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestras culpas.
El peso de la cruz y el cansancio hacen que Jesús caiga en el polvo. San Francisco también conoció lo que es caer y sentirse débil. Al final de su vida, su cuerpo estaba acabado por las enfermedades, casi ciego y con las llagas que le dolían a cada paso. Muchas veces tuvo que ser cargado por sus hermanos porque ya no podía caminar.
Pero Francisco nunca se dio por vencido. Aunque cayera por la enfermedad o por el desánimo de ver que algunos no entendían su forma de vida, siempre volvía a empezar. Decía a sus frailes: "Hermanos, comencemos a servir al Señor, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho". Esta caída de Jesús nos recuerda que no importa cuántas veces tropecemos en la vida, lo que cuenta es la humildad para reconocer nuestra fragilidad y la fe para levantarnos de nuevo.
Señor Jesús, que por amor a nosotros probaste el polvo de la tierra en tu caída. Te pedimos por todos los que en nuestro México se sienten caídos: los que han perdido la esperanza, los que luchan contra una adicción o los que se sienten derrotados por la pobreza. Que el ejemplo de San Francisco nos enseña que nuestra debilidad es el lugar donde Tú actúas con más fuerza. Ayúdanos a levantarnos siempre, con la frente en alto y el corazón puesto en Ti.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: "Este niño está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten... y a ti misma una espada te atravesará el alma".
En este camino de dolor, Jesús se encuentra con su Madre. No hay palabras, solo miradas que lo dicen todo. San Francisco amaba profundamente a la Virgen María; decía que ella es la "Abogada de la Familia Franciscana". Para él, María no era solo una figura lejana, sino la Madre que envolvió al Niño Jesús en pañales y que estuvo al pie de la cruz.
Cuando el Pobrecito sentía que sus fuerzas fallaban, se refugiaba en el amor de la "Madre del Amorcito". Ella le enseñó a ser humilde y a confiar plenamente en Dios. En nuestro México, donde el amor a la Virgen es el pulso de nuestra fe, este encuentro nos recuerda que nunca caminamos solos. María está en cada esquina de nuestra historia, dándonos consuelo cuando la cruz se vuelve demasiado pesada.
Señor Jesús, que en el camino al Calvario te dejaste consolar por la mirada de tu Madre Santísima. Por intercesión de San Francisco, te pedimos por todas las madres de nuestro pueblo: por las que lloran a sus hijos que han partido, por las que luchan solas para sacar adelante a su familia y por las que sufren en silencio. Que como San Francisco, sepamos siempre acudir a María, nuestra Madre, para que ella nos lleve de la mano hacia Ti.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cuando lo llevaban, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.
A Jesús se le acaban las fuerzas y necesita ayuda. Simón de Cirene no quería, pero terminó compartiendo el peso del madero. San Francisco entendió que la vida cristiana no se vive en solitario. Cuando empezó su camino, Dios le regaló hermanos: Bernardo, León, Ángel... El Pobrecito decía: "El Señor me dio hermanos".
Ellos fueron los "Cireneos" de Francisco. Cuando él ya no podía ver por la enfermedad de los ojos, o cuando le dolían las llagas de los pies, sus hermanos lo cargaban, lo cuidaban y le daban ánimo. En la familia franciscana, ser menor es hacerse cargo de la carga del otro. En nuestro México, conocemos bien el valor de la "echada de mano"; nadie sale adelante solo. Esta estación nos invita a ver quién a nuestro alrededor necesita que le ayudemos a cargar su cruz hoy.
Señor Jesús, que aceptaste la ayuda de un hombre sencillo para llegar al Calvario. Te damos gracias por los "Cireneos" que has puesto en nuestra vida: nuestros amigos, nuestra familia y esos desconocidos que nos han dado una palabra de aliento cuando más la necesitábamos. Por intercesión de San Francisco, danos un corazón generoso para no pasar de largo ante el que sufre, y que en nuestras comunidades siempre estemos listos para compartir la carga de los demás con alegría y fraternidad.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Oigo en mi corazón: "Busquen mi rostro". Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro.
En medio de los insultos, una mujer se abre paso para limpiar el sudor y la sangre de la cara de Jesús. Como recompensa, el rostro del Señor quedó grabado en su paño. San Francisco no tuvo un lienzo de tela, sino que ofreció su propio corazón y su propio cuerpo. Dos años antes de su muerte, en el monte Alverna, Francisco le pidió al Señor sentir el dolor y el amor de la Pasión.
Y sucedió el milagro: Cristo se le apareció como un Serafín alado y grabó en las manos, los pies y el costado del Pobrecito las llagas de la Cruz. Francisco se convirtió en una "Verónica viviente"; de tanto mirar a Jesús con amor, terminó pareciéndose a Él. En México, vemos el rostro de Cristo en el campesino cansado, en el trabajador que llega tarde a casa y en el enfermo abandonado. Limpiar sus lágrimas es dejar que la imagen de Dios se grabe en nuestra alma.
Señor Jesús, dejaste tu rostro impreso en el paño de la Verónica como signo de tu amor. Por intercesión de San Francisco, danos la gracia de "ver" más allá de las apariencias. Ayúdanos a reconocer tu rostro sufriente en los hermanos que la sociedad ignora o desprecia en nuestras calles y ciudades. Que nuestras manos sean como ese lienzo: suaves para consolar y firmes para servir, para que el mundo pueda ver en nosotros un reflejo de tu infinita misericordia.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Me ha cercado de muros para que no salga, ha hecho pesadas mis cadenas. Aunque grito pidiendo ayuda, Él cierra el paso a mi oración.
Jesús vuelve a caer. El camino se hace más largo y las fuerzas fallan de nuevo. San Francisco también experimentó estas "segundas caídas". Al final de su vida, cuando ya tenía las Llagas, su salud empeoró drásticamente. Tuvo que someterse a cirugías dolorosas en los ojos —le quemaron las sienes con un hierro al rojo vivo— y sufría terribles dolores de estómago. A veces, la oscuridad del dolor parecía cercarlo.
Pero Francisco no se dejó vencer por la amargura. En medio de ese sufrimiento total, fue cuando compuso el Cántico de las Criaturas, alabando a Dios por el sol, la luna y hasta por los que perdonan por su amor. Esta caída de Jesús nos dice que recaer en la enfermedad o en el pecado no es el fin. San Francisco nos enseña que, aun cuando el cuerpo se rompa, el espíritu puede seguir cantando. En nuestro México, donde tantas familias luchan contra problemas que parecen no acabar, Jesús nos grita: "¡Levántate una vez más!".
Señor Jesús, que por segunda vez probaste la amargura de la caída. Te pedimos por todos los que están cansados de luchar: los enfermos crónicos, los que no encuentran trabajo después de muchos intentos y los que sienten que sus problemas se repiten sin solución. Por intercesión de San Francisco, danos la paciencia para soportar el dolor y la fe para "comenzar de nuevo" cada mañana. Que nunca nos cansemos de buscarte, sabiendo que Tú eres nuestra fuerza en medio de la debilidad.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lo seguía una gran multitud del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lloraban por Él. Pero Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos".
Jesús, cargando su cruz, se detiene para hablar con las mujeres que lloran. Les pide que su llanto sea verdadero, que no se queden en la superficie, sino que miren su propio corazón. San Francisco tenía un corazón muy tierno para con las mujeres. Pensemos en Santa Clara, que fue su "plantita", o en doña Jacoba de Settesoli, a quien llamaba "Fray Jacoba" por su fortaleza.
El Pobrecito decía que no servía de nada llorar por la Pasión de Cristo si no nos dolían nuestros propios pecados que lo llevaron ahí. Francisco nos invita a un "consuelo" que transforma. En México, nuestras mujeres son las que guardan la fe, las que rezan el rosario, las que sostienen la esperanza en los barrios. Jesús les dice hoy: "Tu fe y tu oración tienen poder". No lloren con desesperación, sino con la confianza de que el amor siempre vence.
Señor Jesús, que en tu dolor tuviste tiempo para consolar a los demás. Te pedimos por todas las mujeres de nuestro pueblo mexicano: por las abuelitas que enseñan a rezar a sus nietos, por las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, por las mujeres que sostienen la Iglesia con su trabajo humilde. Por intercesión de San Francisco, danos a todos un corazón compasivo que sepa llorar con los que lloran, pero que también sepa llevar la alegría del Evangelio a cada hogar.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
El enemigo me persigue a muerte, me aplasta contra el suelo; me hace vivir en las tinieblas. Mi espíritu desfallece, mi corazón se estremece en mi pecho.
A pocos pasos del Calvario, Jesús cae por tercera vez. Ya no le quedan fuerzas, es el agotamiento absoluto. Al final de su vida, San Francisco llegó a este mismo punto. Estaba ciego, sus heridas no dejaban de sangrar y sentía que su cuerpo ya no era más que una carga. Sabía que la "Hermana Muerte" estaba llegando.
En sus últimos días en la Porciúncula, Francisco pidió que lo bajaran de la cama y lo pusieran en el suelo, desnudo sobre la tierra, para ser igual que su Señor. Allí, en el polvo, terminó de entregarlo todo. Esta tercera caída de Jesús nos enseña que Dios está con nosotros aun en el momento del fracaso total o de la muerte. San Francisco nos muestra que, cuando ya no tenemos nada que dar, es cuando Dios lo llena todo. Es el misterio de la "minoridad": ser nada para que Cristo sea todo.
Señor Jesús, que por tercera vez caíste por el peso de nuestros pecados y el cansancio del camino. Te pedimos por todos los que en nuestro México han llegado al límite de su resistencia: por los ancianos abandonados, por los que sufren enfermedades terminales y por los que sienten que su vida ya no tiene sentido. Por intercesión de San Francisco, ayúdanos a comprender que en el polvo de nuestra humillación Tú estás presente. Danos la gracia de confiar totalmente en tu amor, especialmente cuando sintamos que ya no podemos dar un paso más.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, le dieron a beber vino mezclado con hiel... Después de crucificarlo, se repartieron sus vestidos echando suertes.
Al llegar a la cima, a Jesús le quitan lo último que tiene: su túnica. Lo dejan desnudo ante la burla de todos. San Francisco vivió su propio "despojo" de manera gloriosa. Recordamos cuando, frente al obispo de Asís, se quitó toda su ropa fina para devolvérsela a su padre Pedro, diciendo que ahora solo tenía un Padre en el cielo. Francisco no tuvo miedo de quedarse desnudo, porque sabía que cuando uno se vacía de las cosas del mundo, se llena de Dios.
Este "despojo" duró toda su vida. Francisco se despojó de su orgullo, de sus planes y de su propia voluntad para ser un humilde servidor. En México, vemos a tantos hermanos despojados de sus derechos, de su tierra o de su dignidad por la ambición de otros. Jesús y Francisco nos enseñan que la verdadera riqueza no está en lo que vestimos o tenemos, sino en la libertad de un corazón que no está amarrado a nada.
Señor Jesús, que aceptaste la humillación de ser despojado de todo por amor a nosotros. Te pedimos que, como San Francisco, aprendamos a desprendernos de las cosas materiales que nos alejan de Ti y de los hermanos. Ayúdanos a respetar la dignidad de cada persona y a estar cerca de los que han sido despojados de todo en nuestra sociedad. Que nuestra única vestidura sea tu gracia y nuestro único tesoro sea tu misericordia.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera", lo crucificaron allí, y también a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
El sonido de los martillos resuena en todo el monte. Jesús es clavado al madero. Esta es la estación de las Llagas. Dos años antes de su Tránsito, en el monte Alverna, San Francisco le pidió al Señor sentir en su cuerpo el dolor que Él sintió en la Cruz. El Señor le concedió esta gracia y grabó en las manos y los pies de Francisco los clavos de la Pasión.
Para Francisco, estar "clavado" con Cristo no era un castigo, sino el sello de una amistad eterna. Él ya no pertenecía a sí mismo, sino al Amado. En nuestro México, muchas personas viven "clavadas" a una cama de hospital, a un trabajo agotador o a una pena que no se va nunca. Francisco nos enseña que cuando unimos nuestro dolor al de Jesús, ese dolor ya no es estéril, sino que se convierte en fuente de vida y de esperanza para los demás.
Señor Jesús, que por nuestras culpas dejaste que clavaron tus manos y tus pies. Te pedimos por todos los que sufren dolores físicos y espirituales en nuestro pueblo. Por intercesión de San Francisco, que llevó tus mismas heridas, danos la fuerza para no renegar de nuestras cruces. Enséñanos a estar "clavados" a tu Evangelio, para que nada ni nadie nos separe de tu amor. Que nuestras heridas, como las de Francisco, sean canales de tu luz y de tu paz.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Jesús dijo: "Todo está cumplido". E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
Se hace un gran silencio sobre la tierra. Jesús ha muerto. En ese último suspiro, el Hijo de Dios lo entregó todo por nosotros. San Francisco, ochocientos años atrás, se preparó para este mismo momento. Cuando sintió que llegaba su hora, pidió a los hermanos que lo llevaran a la Porciúncula. Quería morir en el lugar donde empezó su vocación.
Frente a la muerte, Francisco no tuvo miedo; la llamó "Hermana Muerte Corporal". Pidió que le leyeran el Evangelio de San Juan y, al final, empezó a cantar el Salmo 141: "Con mi voz clamo al Señor". Así como Jesús murió cumpliendo la voluntad del Padre, Francisco murió cumpliendo su promesa de seguir a Cristo hasta el final. En México, cuando despedimos a un ser querido, este momento nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Si morimos con Cristo, viviremos con Él.
Señor Jesús, que por nosotros entregaste la vida en el árbol de la Cruz. Te pedimos por todos los que van a morir en este día, especialmente por los que mueren solos o víctimas de la violencia en nuestro México. Por intercesión de nuestro Padre San Francisco, enséñanos a vivir de tal manera que, cuando llegue nuestra propia "Hermana Muerte", nos encuentre preparados, con el corazón en paz y la esperanza puesta en la Resurrección.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús... pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato se lo permitió. Él fue y se llevó el cuerpo.
El cuerpo de Jesús es bajado con ternura y puesto en los brazos de su Madre. Es el momento del llanto silencioso. Cuando San Francisco murió en la Porciúncula, los hermanos no quisieron enterrarlo enseguida; querían que todo el mundo viera lo que Dios había hecho en él. Organizaron una procesión hacia la ciudad de Asís.
En el camino, pasaron por San Damián para que Santa Clara y sus hermanas pudieran ver por última vez al "Pobrecillo". Clara, con inmenso dolor pero con gran fe, besó las manos llagadas de su padre espiritual a través de la reja. Fue un encuentro de lágrimas y amor. En nuestro México, sabemos lo que es velar a nuestros muertos con respeto y cariño, "entregándolos" a Dios con fe. Esta estación nos enseña que el cuerpo del hermano es sagrado, porque es templo del Espíritu.
Señor Jesús, que después de la batalla fuiste recibido por los brazos amorosos de María. Te pedimos por todos los que en nuestro México trabajan cuidando el cuerpo de los enfermos y de los difuntos: médicos, enfermeros, cuidadores y sepultureros. Por intercesión de San Francisco y Santa Clara, danos la delicadeza para tratar con amor a los que sufren y la fe para ver en el cuerpo herido de nuestros hermanos una imagen de tu propia Pasión.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
José de Arimatea tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su propio sepulcro nuevo, que había mandado cavar en la roca.
Parece que todo ha terminado. Una piedra sella la tumba. Pero para nosotros, los franciscanos, el sepulcro no es el final. San Francisco fue enterrado primero en la iglesita de San Jorge, pero su legado se extendió como una semilla por todo el mundo. San Francisco decía que somos como "trigo que muere" para que otros tengan vida.
Al celebrar ochocientos años de su Tránsito, recordamos que Francisco no está muerto, sino que vive en cada gesto de paz, en cada hermano pobre que es ayudado y en cada flor del campo que alabamos. Su cuerpo llagado fue la semilla que Dios plantó en la tierra para que floreciera el Evangelio. En México, nuestra tierra está llena de esperanza; sabemos que después del sepulcro viene la mañana de la Pascua.
Señor Jesús, que descansaste en el sepulcro esperando la victoria final. Te pedimos que, por intercesión de San Francisco, nos ayudes a ser semillas de esperanza en nuestro México. Que no tengamos miedo a "morir" a nuestro egoísmo para que nazca en nosotros el hombre nuevo. Ayúdanos a ser constructores de paz y a cuidar de nuestra "Hermana Madre Tierra", para que un día todos podamos resucitar contigo en la gloria del Padre.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
V. Señor, pequé. R. Ten piedad y misericordia de mí.
Al concluir este Vía Crucis en este Año Jubilar del Tránsito, recordamos que la Cruz de Cristo y el camino de San Francisco no terminan en la tumba, sino en la gloria de la Resurrección. San Francisco sigue siendo hoy el Alter Christus que nos enseña que la santidad está al alcance de todos los que aceptan abajarse por amor. Al salir de aquí, llevemos con nosotros el espíritu de la "semilla que muere para dar fruto", llamados a ser artesanos de paz y testigos de un amor que no muere nunca.
(Inspirada por el Santo Padre para el VIII Centenario)
"San Francisco, hermano nuestro, tú que hace ochocientos años fuiste al encuentro de la Hermana Muerte como un hombre pacificado, intercede por nosotros ante el Señor. Reconociste la verdadera paz en el Crucifijo de San Damián; enséñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación que derriba todo muro. Tú que, desarmado, atravesaste las líneas de la guerra y la incomprensión, danos el valor para construir puentes donde el mundo levanta fronteras. En este tiempo afligido por los conflictos y la división, intercede por nosotros para que seamos artesanos de paz: testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo. Amén".
(Tradicionalmente dada al Hermano León)
Ministro: El Señor te bendiga y te guarde. Pueblo: Amén. Ministro: Te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. Pueblo: Amén. Ministro: Vuelva hacia ti su mirada y te dé la paz. Pueblo: Amén. Ministro: El Señor te bendiga, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pueblo: Amén.
V. Vayamos en la paz de Cristo. R. Demos gracias a Dios.
Concepto y Creación: Fr. Joseph Arputharaj, OFM Cap., France
Asistencia de Producción: Inteligencia Artificial
Agradecimiento especial por su colaboración: Fr. John Scherer, OFM Cap., USA