Introducción
El año 2026 marca el octocentésimo aniversario del Tránsito de San Francisco de Asís de esta vida terrenal a la gloria eterna. Este centenario es la conclusión majestuosa de un camino de los cuatro los últimos años del Poverello: desde la Navidad en Greccio hasta la recepción de las Llagas en el Alverna y la composición del Cántico de las Criaturas.
Rezar el Vía Crucis durante este Año Jubilar es entrar en la "espiritualidad de la conformación", donde reconocemos a San Francisco como el Alter Christus (Otro Cristo), cuya vida fue un icono viviente de la Pasión de Jesús.
Las Estaciones del Vía Crucis son un regalo intrínsecamente franciscano para la Iglesia. En el siglo XIV, los frailes se convirtieron en custodios de Tierra Santa y, cuando la distancia hacía imposible la peregrinación, trajeron la Via Dolorosa al mundo a través de estas catorce estaciones de oración. En la teología franciscana, la Cruz no es solo un lugar de sufrimiento, sino una revelación de la "humildad de la Encarnación" y de la "caridad de la Pasión". No recorremos este camino como espectadores, sino como participantes, buscando ser "transformados en el Amado" por el fuego del amor divino.
Al comenzar esta peregrinación, dirigimos la mirada a los últimos momentos de San Francisco en la Porciúncula, donde pidió ser colocado desnudo sobre la nuda tierra, abrazando a la "Hermana Muerte Corporal" con un canto de alabanza. Invitamos al "Pobrecillo" de Asís a guiar nuestros pasos, para que nuestra propia amargura se convierta en "dulzura de alma y de cuerpo" al encontrarnos con el Señor Crucificado en el pobre, el marginado y en las heridas de nuestro propio corazón.
Oración Preparatoria
(Ante la Cruz de San Damián)
"Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento".
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Primera Estación: Jesús es condenado a muerte
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Pilato, queriendo complacer a la multitud, les soltó a Barrabás; y entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera crucificado" (Mc 15, 15).
Reflexión Seráfica Contemplamos a Jesús, la Palabra Eterna, permaneciendo en un silencio humilde ante una sentencia injusta. Él, que es el Juez de vivos y muertos, acepta ser juzgado por el mundo para liberarnos del juicio del pecado.
San Francisco también conoció el juicio del mundo. Ante el Obispo de Asís y la mirada condenatoria de su padre carnal, Pedro de Bernardone, el Poverello no respondió con ira, sino con un despojo total. Al devolver sus vestiduras, renunció a las seguridades humanas para decir con total libertad: "Padre nuestro, que estás en los cielos". Ser condenado con Cristo es, para Francisco, el comienzo de la verdadera libertad: la libertad de no poseer nada y de ser poseído solo por el Amor.
Oración Señor Jesús, Cordero manso, que no abriste la boca ante tus acusadores: danos la gracia de la paciencia en las incomprensiones. Como San Francisco, enséñanos a no buscar el favor del mundo ni a temer sus juicios, sino a buscar únicamente tu voluntad. Que en cada "condena" o rechazo que suframos, podamos encontrar la alegría de ser configurados contigo, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Segunda Estación: Jesús carga con la cruz
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Y cargando él mismo con la cruz, salió hacia el lugar llamado la Calavera (que en hebreo se dice Gólgota)" (Jn 19, 17).
Reflexión Seráfica Jesús recibe el madero de la cruz sobre sus hombros heridos. En la teología franciscana, este gesto no es solo una sumisión al dolor, sino un abrazo a la voluntad del Padre. La cruz es la llave que abre el tesoro de la misericordia divina.
San Francisco, al escuchar la voz del Crucificado en San Damián que le decía: "Francisco, ve y repara mi Iglesia", comprendió que su misión no se construiría con piedras, sino cargando con la cruz de la minoridad. Abrazar la cruz fue para él abrazar el Evangelio "sin glosa", aceptando el peso de ser un signo de contradicción. Francisco no se limitó a llevar la cruz; se hizo uno con ella, viendo en su aspereza la suavidad del Amor que se entrega sin reservas.
Oración Señor Jesús, que aceptaste voluntariamente el peso de nuestros pecados sobre tus hombros: concédenos la fortaleza para no huir de nuestras cruces cotidianas. Como nuestro Seráfico Padre, enséñanos a "reparar" tu Iglesia con una vida de humildad y servicio. Que nunca nos gloriemos sino en tu Cruz, para que, abrazándola con amor, podamos pasar de la amargura de la prueba a la dulzura de tu paz. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Tercera Estación: Jesús cae por primera vez
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores... fue herido por nuestras faltas, triturado por nuestros pecados" (Is 53, 4-5).
Reflexión Seráfica Jesús cae bajo el peso del madero. El Creador del universo besa el polvo de la tierra, compartiendo nuestra debilidad extrema. En esta caída, Jesús santifica nuestros fracasos y nos da la fuerza para levantarnos.
San Francisco, en los años previos a su Tránsito, experimentó la fragilidad extrema de su cuerpo, al que llamaba cariñosamente "Hermano Asno". Agotado por la enfermedad, casi ciego y debilitado por las llagas, Francisco también "cayó" físicamente muchas veces. Sin embargo, en su debilidad encontró su mayor fortaleza. Aprendió que la perfección no reside en no caer, sino en la humildad de reconocerse pequeño y necesitado de la gracia de Dios. Para el Poverello, cada caída era una oportunidad para abrazar más estrechamente la tierra, nuestra hermana y madre, y para recordar que somos polvo sostenido por el Amor.
Oración Señor Jesús, que caíste para levantarnos de nuestra soberbia: te pedimos perdón por las veces que hemos sucumbido al desaliento. Por intercesión de San Francisco, concédenos la gracia de aceptar nuestras limitaciones y enfermedades con paciencia. Que cuando nuestras fuerzas fallen y el "hermano asno" se rinda, podamos sentir tu mano divina que nos levanta y nos anima a seguir caminando hacia Ti. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Cuarta Estación: Jesús se encuentra con su Madre
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: 'Mira, este niño está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten... y a ti misma una espada te traspasará el alma'" (Lc 2, 34-35).
Reflexión Seráfica En el camino al Calvario, dos miradas se encuentran: la del Hijo que se entrega y la de la Madre que acompaña. No hay palabras, solo una comunión de corazones en el "fiat" compartido. María es la primera en recorrer el camino de la cruz, convirtiéndose en el modelo de todo discípulo.
San Francisco profesó una devoción tierna y profunda a la Virgen María, a quien eligió como "Abogada de su Orden". Veía en ella a la "Señora Pobre", la que más se asemejó a Cristo en su humildad y despojo. En su juventud, fue su madre carnal, la señora Pica, quien lo comprendió y lo liberó de las cadenas de su padre, permitiéndole seguir su vocación. Francisco aprendió de María que el amor verdadero no huye del dolor del amado, sino que permanece presente. En la Porciúncula, bajo el manto de la Reina de los Ángeles, Francisco encontró
siempre el consuelo para sus llagas, entendiendo que seguir a Jesús es también dejarse amar por su Madre.
Oración Oh Jesús, que al encontrar a tu Madre en el camino del dolor, encontraste consuelo en su mirada: te pedimos que nunca nos falte la presencia maternal de María en nuestras propias pruebas. Como San Francisco, enséñanos a honrar a la Santísima Virgen con una vida de pureza y sencillez. Que ella, la Señora de los Ángeles, nos guíe hacia Ti y nos ayude a decir "sí" a tu voluntad, incluso cuando la espada del dolor atraviese nuestro corazón. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Quinta Estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Cuando lo llevaban, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron la cruz encima para que la llevara detrás de Jesús" (Lc 23, 26).
Reflexión Seráfica Simón de Cirene no eligió la cruz; se la impusieron. Sin embargo, en el contacto con el madero y con el Crucificado, lo que era una carga se convirtió en gracia. Simón representa a la humanidad que, aun sin comprender, es llamada a colaborar en la obra de la Redención.
San Francisco descubrió que no podía seguir a Cristo solo. Al principio, su "Cireneo" fue el leproso, en quien Francisco reconoció el rostro de Jesús y cuya compañía transformó su amargura en dulzura. Más tarde, Dios le regaló "hermanos", y la vida franciscana se convirtió en un ejercicio constante de ser cireneos los unos de los otros. En sus últimos días hacia el Tránsito, Francisco dependía totalmente de sus compañeros —León, Ángel, Rufino e Iluminado— para sostener su cuerpo llagado. Para el Poverello, la fraternidad es la forma más alta de aliviar el peso de la cruz: llevar las cargas de los demás con alegría y minoridad.
Oración Señor Jesús, que aceptaste la ayuda de Simón para recordarnos que nos necesitas en la salvación del mundo: danos un corazón generoso para servir a nuestros hermanos más necesitados. Como San Francisco, que sepamos reconocer en el prójimo a un compañero de camino y nunca un obstáculo. Haz que nuestra fraternidad sea un bálsamo para los que sufren, para que ayudándonos mutuamente a llevar la cruz, lleguemos juntos a la alegría de tu Reino. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Sexta Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Mi corazón dice: 'Buscad su rostro'. Tu rostro busco, Señor. No me escondas tu rostro" (Sal 27, 8-9).
Reflexión Seráfica En medio de la violencia y el desprecio, surge un gesto de ternura. La Verónica se abre paso para limpiar el rostro de Jesús, desfigurado por la sangre y el sudor. Como recompensa, el Señor imprime su imagen en el lienzo de la mujer. La caridad tiene el poder de revelar la belleza oculta bajo el sufrimiento.
San Francisco deseó con toda su alma convertirse en una "imagen viva" de Jesús. Este deseo se cumplió de manera admirable en el Alverna, cuando recibió en su propio cuerpo las llagas del Crucificado. Francisco no solo contempló el rostro de Cristo, sino que permitió que el Señor "imprimiera" su Pasión en su carne. Hacia su Tránsito, aunque su rostro estaba consumido por la enfermedad, quienes lo rodeaban veían en él una luz celestial. Francisco nos enseña que, cuando nos acercamos con amor a limpiar las heridas de los "rostros desfigurados" de hoy — los pobres, los enfermos, los olvidados—, es el mismo rostro de Jesús el que se imprime en nuestro corazón.
Oración Señor Jesús, que dejaste tu imagen grabada en el velo de la Verónica como signo de tu gratitud: danos la valentía de ser rostros de consuelo en un mundo indiferente. Por intercesión de San Francisco, el "Icono del Crucificado", concédenos la gracia de buscar siempre tu rostro en los más pequeños. Que nuestras vidas sean lienzos limpios donde los demás puedan ver reflejada tu bondad y tu paz. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Mis rodillas flaquean por el ayuno, mi carne desfallece por falta de aceite" (Sal 109, 24).
Reflexión Seráfica Jesús cae de nuevo. El cansancio se acumula y el camino se vuelve más arduo. Esta segunda caída nos habla de la persistencia del dolor, pero también de la perseverancia del amor. Jesús se levanta no porque sus fuerzas hayan vuelto, sino porque su voluntad de salvarnos es inquebrantable.
San Francisco, en los años previos a su Tránsito, vivió su propia "segunda caída" a través de una profunda noche oscura del alma y el deterioro casi total de su salud. Aquejado por enfermedades gástricas y una ceguera dolorosa, Francisco sintió el peso de la soledad y la incomprensión incluso dentro de su propia Orden. Sin embargo, en medio de esta oscuridad, no se rindió al desaliento. Cuando sus piernas ya no podían sostenerlo, recorría los pueblos montado en un asno para seguir gritando: "¡El Amor no es amado!". Francisco nos enseña que la verdadera fortaleza franciscana consiste en levantarse una y otra vez, confiando en que la gracia de Dios actúa con más fuerza en nuestra mayor debilidad.
Oración Señor Jesús, que por segunda vez besaste la tierra para darnos esperanza en nuestras recaídas: te pedimos la gracia de la perseverancia final. Por intercesión de San Francisco, fortalece a quienes están cansados de luchar contra sus propias sombras y enfermedades. Que nunca nos cansemos de buscarte, y que entendamos que nuestras caídas
son peldaños de humildad que nos acercan más a Ti. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Octava Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Hijas de Jerusalén, no lloreis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos" (Lc 23, 28).
Reflexión Seráfica Jesús, en el colmo de su agonía, se detiene para consolar a quienes lloran por Él. Su mirada no se centra en sus propias heridas, sino en el sufrimiento de la humanidad. Es la caridad que se hace exhortación: no busca lástima, sino una conversión del corazón que brota del amor.
San Francisco, incluso cuando la "Hermana Muerte" ya llamaba a su puerta, no dejó de ser un instrumento de consuelo. Aquejado por dolores atroces, escribió a su querida amiga Fray Jacoba pidiéndole que trajera el consuelo de la amistad y los dulces que tanto le gustaban, para compartir un último momento de alegría fraterna. También envió mensajes de paz a Santa Clara y a las damas pobres de San Damián, instándolas a no entristecerse por su partida, sino a permanecer firmes en la alegría del Evangelio. Francisco nos enseña que el dolor no debe cerrarnos en nosotros mismos, sino convertirnos en canales de la ternura de Dios para los demás.
Oración Señor Jesús, que en el camino del dolor te convertiste en fuente de consuelo: danos un corazón atento a las lágrimas de nuestro prójimo. Por intercesión de San Francisco, el "Pobre Alegre", concédenos la gracia de ser portadores de esperanza para quienes están desolados. Que nuestras palabras y nuestra presencia sean siempre un bálsamo de misericordia en un mundo necesitado de tu paz. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Novena Estación: Jesús cae por tercera vez
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Bueno es para el hombre cargar con el yugo desde su juventud... que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza" (Lam 3, 27.29).
Reflexión Seráfica Jesús cae por tercera vez, casi el pié del Calvario. Es la caída del agotamiento absoluto. En este rostro pegado a la tierra, Jesús se une a todos aquellos que han llegado al límite de sus fuerzas físicas, mentales o espirituales. Su caída es nuestra transfusión de esperanza: cuando ya no podemos más, Él está ahí, sosteniendo nuestra fragilidad.
San Francisco, al final de su camino hacia el Tránsito, encarnó esta estación de manera conmovedora. Sabiendo que su fin estaba cerca, pidió ser llevado a la Porciúncula. Allí, en un último acto de despojo y comunión con el Crucificado, pidió a sus hermanos que lo desnudaran y lo colocaran sobre la nuda tierra. Quiso morir como vivió: sin nada propio, abrazado a la "Hermana Madre Tierra". Para Francisco, la tercera caída no fue una derrota, sino el abrazo final con la humildad de Dios. En ese contacto con el polvo, Francisco encontró la puerta del Paraíso, enseñándonos que el abandono total en las manos del Padre es la victoria definitiva sobre la muerte.
Oración Señor Jesús, que por tercera vez caíste para enseñarnos que tu gracia es suficiente en nuestra debilidad: sostennos en nuestros momentos de agotamiento extremo. Por intercesión de San Francisco, danos la humildad de dejarnos caer en tus brazos cuando nuestras propias fuerzas se agoten. Que al final de nuestra vida, podamos también nosotros "tocar la tierra" con paz, sabiendo que tú nos levantas para la gloria eterna. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Después de haberlo crucificado, se repartieron sus vestidos echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaba cada uno" (Mc 15, 24).
Reflexión Seráfica Al llegar al lugar de la ejecución, Jesús es despojado violentamente de sus vestiduras. Le quitan todo: su dignidad humana, su última propiedad. Queda desnudo ante la burla del mundo, pero en esa desnudez brilla la riqueza de su entrega. Es el despojo supremo para la salvación suprema.
San Francisco hizo de la "Hermana Pobreza" su esposa y su camino. Recordamos aquel momento en la plaza de Asís donde, ante su padre y el obispo, Francisco se despojó de sus ropas para devolverlas a su padre terrenal, declarando que en adelante solo tendría al Padre del Cielo. Este despojo inicial se completó al final de su vida, cuando pidió morir desnudo sobre la tierra de la Porciúncula. Francisco comprendió que para seguir al Cristo desnudo, hay que estar libre de todo equipaje, incluso de uno mismo. En la espiritualidad seráfica, el despojo no es una pérdida, sino la liberación de todo lo que nos impide ser llenados por Dios.
Oración Señor Jesús, que aceptaste ser despojado de tus vestiduras para vestirnos con tu gracia: ayúdanos a desprendernos de nuestras vanidades y apegos. Por intercesión de San Francisco, el "Pobre de Asís", enséñanos a vivir con sencillez y a encontrar nuestra verdadera riqueza solo en Ti. Que, al despojarnos del hombre viejo, podamos revestirnos de tu amor y de tu humildad para ser testigos de tu Reino. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Undécima Estación: Jesús es clavado en la cruz
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda" (Lc 23, 33).
Reflexión Seráfica El martilleo de los clavos resuena en el silencio del Calvario. Jesús se deja clavar al madero, uniendo para siempre el cielo con la tierra a través de sus brazos extendidos. Cada clavo es un sello de su amor infinito por nosotros. En la cruz, la inmovilidad de Jesús se convierte en la mayor acción de la historia: la Redención.
San Francisco vivió su propio "Calvario" en el Monte Alverna, dos años antes de su Tránsito. En la soledad de la oración, pidió al Señor sentir en su corazón el amor y el dolor de la Pasión. El Señor respondió transformándolo en un "crucifijo viviente" a través del don de las Llagas. Los clavos que atravesaron las manos y los pies de Jesús se hicieron visibles en el cuerpo del Poverello, no como meras cicatrices, sino como signos de una conformación total con el Amado. Hacia su muerte, Francisco llevaba en su carne el sello del Gran Rey, recordándonos que el amor verdadero no teme ser "clavado" a la voluntad de Dios.
Oración Señor Jesús, que por nuestras ofensas fuiste clavado en la cruz: danos la gracia de permanecer fieles a tu Evangelio aun en medio del dolor. Por intercesión de San Francisco, el "Serafín llagado", concédenos un amor tan grande que nos mueva a aceptar los "clavos" de nuestras responsabilidades y sacrificios cotidianos. Que nuestras heridas, unidas a las tuyas, se conviertan en fuentes de vida y esperanza para el mundo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Duodécima Estación: Jesús muere en la cruz
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Jesús, dando un fuerte grito, dijo: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'. Y dicho esto, expiró" (Lc 23, 46).
Reflexión Seráfica Jesús muere. El silencio envuelve la tierra. En ese grito final se completa la obra de la Salvación. La muerte ya no es el final, sino el puente hacia la vida eterna. Al morir, Jesús nos muestra que el amor más grande es el que da la vida por los amigos.
San Francisco vivió su Tránsito como un canto de alabanza. Al sentir que la muerte llegaba, pidió que le leyeran el Evangelio de San Juan. En su última agonía, no se quejó, sino que dio la bienvenida a la "Hermana Muerte Corporal", llamándola puerta del Paraíso. Rodeado de sus hermanos en la Porciúncula, Francisco entregó su espíritu con paz, habiendo completado en su carne lo que faltaba a la Pasión de Cristo. Su muerte fue su última lección: que para vivir de verdad, primero hay que morir al mundo. Como el grano de trigo que cae en tierra, Francisco murió para dar fruto abundante en la Iglesia.
Oración Señor Jesús, que con tu muerte venciste a la muerte y nos diste la vida: te pedimos la gracia de una buena muerte. Por intercesión de San Francisco, nuestro Hermano, ayúdanos a vivir de tal manera que, cuando llegue nuestro propio tránsito, podamos ir a tu encuentro con el corazón lleno de paz y alabanza. Que nuestras últimas palabras sean un eco de las tuyas: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Decimotercera Estación: Jesús es bajado de la cruz
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús... pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo permitió" (Jn 19, 38).
Reflexión Seráfica El cuerpo exánime de Jesús es depositado en los brazos de su Madre. Es el momento de la ternura silenciosa, de la Piedad. María recibe a su Hijo con el mismo amor con que lo arrulló en Belén, pero ahora sus manos tocan las llagas de la Redención. El dolor se convierte en una ofrenda sagrada.
Tras el Tránsito de San Francisco en la Porciúncula, su cuerpo fue llevado en procesión hacia la ciudad de Asís. El cortejo se detuvo en San Damián, para que Santa Clara y sus hermanas pudieran despedirse de su padre espiritual. Al ver a través de la pequeña ventana el cuerpo llagado de Francisco, las "Damas Pobres" lloraron, pero también adoraron el misterio de la conformación de Francisco con Cristo. Aquel encuentro fue una "Piedad" franciscana: el abrazo de la Iglesia a quien se había convertido en un icono vivo del Crucificado. Francisco, incluso muerto, seguía hablando de la paz y de la belleza del sacrificio por amor.
Oración Señor Jesús, que después de tu Pasión fuiste entregado a los brazos de tu Madre: danos la gracia de recibirte siempre con amor en el sacramento y en el hermano que sufre. Por intercesión de San Francisco y de Santa Clara, enséñanos a valorar la herencia de paz que nos dejaste. Que sepamos acompañar con ternura los duelos y las soledades de nuestro prójimo, siendo presencia de consuelo y esperanza. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Decimocuarta Estación: Jesús es puesto en el sepulcro
Ministro: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Pueblo: Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lectura Bíblica "José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro nuevo que había excavado en la roca... Después hizo rodar una gran piedra a la entrada" (Mt 27, 59-60).
Reflexión Seráfica El cuerpo de Jesús descansa en la roca. El sepulcro no es una cárcel, sino el seno donde se gesta la Vida nueva. Es el reposo del Guerrero que ha vencido a la muerte. El
silencio del Sábado Santo es una espera expectante, porque sabemos que la piedra será removida.
San Francisco, tras su paso por San Damián, fue llevado a la iglesia de San Jorge en Asís, donde permaneció sepultado hasta la construcción de su Basílica. Como el grano de trigo que cae en tierra para morir, Francisco fue depositado en el corazón de Asís. Su sepultura no marcó el fin de su carisma, sino el estallido de una primavera espiritual que aún hoy, ochocientos años después, sigue dando frutos de minoridad y paz en todo el mundo. Francisco nos enseña que morir en Cristo es ser sembrado para la eternidad. De su tumba brota una luz que nos invita a vivir cada día con la esperanza puesta en la Resurrección.
Oración Señor Jesús, que por nosotros aceptaste la soledad del sepulcro: concédenos la paciencia para esperar tu hora en medio de nuestras oscuridades. Por intercesión de San Francisco, enséñanos a ser "semillas de paz" en medio del mundo, sabiendo morir a nuestro egoísmo para que tu vida crezca en nosotros. Que al terminar este camino de la cruz, llevemos con nosotros la certeza de que nada se pierde cuando se entrega por Amor. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Conclusión
Al concluir este Vía Crucis en este Año Jubilar del Tránsito, recordamos que la Cruz de Cristo y el camino de San Francisco no terminan en la tumba, sino en la gloria de la Resurrección. Que el espíritu del "Poverello" nos acompañe para ser constructores de paz y guardianes de la creación.
Oración Final (Ofrecida por el Santo Padre para el VIII Centenario del Tránsito)
"San Francisco, hermano nuestro, tú que hace ochocientos años fuiste al encuentro de la Hermana Muerte como un hombre pacificado, intercede por nosotros ante el Señor. Reconociste la verdadera paz en el Crucifijo de San Damián; enséñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación que derriba todo muro. Tú que, desarmado, atravesaste las líneas de la guerra y la incomprensión, danos el valor para construir puentes donde el mundo levanta fronteras. En este tiempo afligido por los conflictos y la división, intercede por nosotros para que seamos artesanos de paz: testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo. Amén".
Bendición de San Francisco (Tradicionalmente dada al Hermano León)
Ministro: El Señor os bendiga y os guarde.
Pueblo: Amén.
Ministro: Os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotros Pueblo: Amén.
Ministro: Vuelva hacia vosotros su mirada y os dé la paz. Pueblo: Amén.
Ministro: El Señor os bendiga, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pueblo: Amén.
Ministro: Podéis ir en la paz de Cristo.
Pueblo: Demos gracias a Dios.
Concepto y Creación: Fr. Joseph Arputharaj, OFM Cap., France
Asistencia de Producción: Tecnología de Inteligencia Artificial
Agradecimientos Especiales a: Fr. Lluís Àngel Arrom, OFM Cap., Spain